Orrego, la Isla de la Memoria

Siempre es oportuno rememorar, incluso esos hitos que cruzan como una daga la historia de un pueblo pesquero como Constitución. Localidad, que tal como recalca su nombre, constituye una de las tantas piedras fundacionales que dan vida a este sueño llamado Fundación Ayla.
A continuación quisiéramos compartir una de nuestras historias en este lugar.

Constitución, su intersección de rio y mar, hacen de esta ciudad un lugar entrañable de la región del Maule, caracterizada por sus tradiciones aún latentes de identidad chilena. Aquella que por estos lados centrales es cada vez más difusa y superficial.
Esta fue la impresión de un grupo de jóvenes que nos propusimos la búsqueda inalcanzable de comprender el pulso de una comunidad asediada por una de las tragedias más relevantes de nuestra larga y angosta historia; el terremoto y posterior tsunami del reciente, no pasado, 27 de febrero del 2010. Y como no hay historia sin protagonista, decidimos vivirla desde la Isla Orrego, la maravillosa isla que albergó el último aliento de 94 personas que hoy viven en las entrañas de quienes fuimos testigos de este suspiro terrenal, esperado por pocos y olvidado por muchos.


Así, más dispuestos que preparados, arribamos al malecón de Constitución una fría mañana de sábado, luego de una contundente merienda de churrascas y chicharrones propios de la zona. Fue un pellizco de realidad maulina imposible de olvidar. Ya en la costa y de frente a la verde majestuosidad de Orrego, nos sorprendimos con unas poleas que jugaban con el vaivén del Rio Maule, ubicadas en una húmeda plataforma de estilo silvestre que ya a esa hora reflejaba los lánguidos rayos domingueros de Constitución. Era el muelle y los coloridos botes a su costado nos dieron su bienvenida, iba a ser un gran día. Sin embargo, la frustración propia del ADN nacional se instaló violentamente…no había forma de cruzar la Isla, no había quien nos trasladase. Domingo, nueve de la mañana, parecía una travesía solo posible para mentalidades centralistas acostumbrada a conseguirlo todo.
Cabizbajos y silentes por fuera, en nuestro foro interno rumeaba un pensamiento; Constitución no quiere cruzar la isla. Hipótesis más que válida después de la tragedia. Ya habíamos escuchado que algunos mauchos/as (como se denomina a la población de Constitución) evitaban cruzar la isla por el valor simbólico-histórico que mantiene, o como una estrategia de supervivencia emocional. Muchas/os de ellos perdieron amistades y familiares en ese lugar, incluso escuchamos que era una isla maldita cargada de almas errantes, indiferentes al tiempo.
La verdad, no hubo tiempo para reflexión, el frío, como siempre, nos obligó a continuar el camino recorriendo la rocosa costa local, estoica y conocedora de este desastre…¿pero qué desastre? Si para ella no es más que una rutina, un rasgueo, un subterráneo “no te he olvidado”. El desastre es nuestro y cada vez más nuestro, cada vez que decidimos crecer cegadamente e indiferente del pasado, tan reciente y lejano a la vez…cada vez que decidimos construir un hogar distante de nuestras dinámicas terrenales, las que por largo tiempo han sabido aparecer como un destello de incertidumbre…y cada vez que el afán por el control se apoderó de nuestro instinto original, siempre atento al peligro.

 


Aquella bondadosa costa, indómita en algunos parajes, nos condujo a una caleta donde contemplamos la animosidad familiar del oficio pesquero. Cientos de botes, redes, baldes y un sol encandilante nos recibió durante unas horas. Aun así, y pese al grato momento, la porfía nos venció y decidimos volver al río Maule, ya amanecido. Afortunadamente esta vez había un joven invitándonos a cruzar a la Isla…corrimos rápidamente y abordamos el húmedo bote. En su interior, un cachorro desconcentró a todos quienes íbamos allí, como buscando animar la incomodidad que a muchos les genera el oleaje. Al llegar, fuimos los únicos en bajar, el resto solo realizó un paseo rodeando la isla, al igual que el resto de las decenas de botes que observamos mientras estuvimos en la isla.

Con los pies ya en la isla, nos sorprendió lo indómito de su vegetación, una mezcla de arbustos espinosos y grandes copas arbóreas que dificultaron nuestro solitario caminar. Fue inevitable imaginar la intrépida acción de quienes escalaron esperanzados de vida, y de aquellos que fantasearon con estar en un lugar diferente. Así mismo, recordamos que aquella cálida noche de verano…se vivía algarabía de turistas y maulinos que acampaban allí expectantes a vivir una nueva Noche Veneciana, festividad pirotécnica que año a año reúne a una comunidad en torno a Orrego.
Caminando por los senderos de madera, aún destruidos, nos encontramos con el memorial de la isla, un sencillo espacio ubicado en un extremo oriente de la isla de frente a la costa de Constitución, como si aún buscara cruzar. Allí, invocamos un minuto de silencio por quienes perdieron sus vidas y de aquellos que aún se encuentran desaparecidos. Cuesta imaginar que a la fecha existen personas que no han sido reconocidas oficialmente como desaparecidas o fallecidas de esta tragedia, los desconocidos/as.
En este memorial, se exhiben fotos de quienes perecieron allí, vivos aún gracias a sus familiares y conocidos que sagradamente los visitan como un rito de memoria y reparación. Además, hay un colorido bote inundado de juguetes y muñecos, que simbólicamente busca detener el pasado de los niños que también estuvieron en el lugar. En síntesis, un espacio familiar digno de contemplar.
Mientras esto ocurría, turistas recorrían externamente la isla en bote, al parecer, evitando acercarse. Desconocimos la razón de su lejanía, pero llegamos a pensar que estar allí era un riesgo. Lo creímos comprensible, pero nuestro único objetivo allí era precisamente ese, explorar el riesgo de desastres.

 

Minutos más tarde y ya en otro lugar, nos sorprendió lo abandonada que se encontraba la Isla que durante años albergó a familias en búsqueda de esparcimiento y conexión natural. Se asomaban restos de madera de lo que fueron mesas de picnic, e incluso restos de basura que reflejaron la escasa conciencia medio ambiental de algunos visitantes. Recogimos lo que pudimos y las arrojamos en un tacho que nos llamó la atención, decía EcoMauchos. Sorpresa nos provocó la presencia de una eventual organización destinada a promover una cultura de la ecología y el reciclaje, decidimos contactarlos.
El resto del tiempo allí nos dedicamos a soñar las múltiples acciones que se podrían desarrollar en este hermoso lugar, pensamos que sería un acogedor espacio de descanso, un parque fluvial como el que se está desarrollando en la costa de Constitución, o un paseo de la memoria. Memoria que lamentablemente algunos sueñan olvidar.
Ya era tarde y debíamos continuar con otro objetivo, conocer al entonces niño de Iloca que revolucionó la cobertura mediática del 27F. Llámanos al joven y cruzamos de regreso para reunimos con EcoMauchos, una organización de jóvenes destinada a la salud y bienestar medioambiental de Constitución. Conversamos largamente sobre Isla Orrego, su valor simbólico y su estado actual, sorprendiéndonos de los mitos que aún permanecen post 27F. Tambien del proyecto que realizan buscando revalorizar la Isla y el fomento del reciclaje. Realizan periódicas jornadas de limpieza de la Isla Orrego junto a sus voluntarios, cargando hasta un bote completo de residuos como estrategia de apoyo a la gestión local y promover la sensibilización medio ambiental en Constitución, increíble.

 

Acciones como estas, pertinentes e impulsadas por jóvenes, hacen relevar la importancia de las generaciones y su conexión histórica con su territorio, no desde el palco del presente, sino desde el activismo que decanta en la promoción de cultura local. Es la comunidad la responsable del conocimiento en el riesgo de desastres, y es desde allí donde deben surgir las estrategias.
Nos fuimos de Constitución hinchados de gratitud y melancolía, insistiendo que el desastre es social, no solamente por el impacto que cala en lo más profundo de quienes lo vivencian, sino porque su respuesta recae en las comunidades de una sociedad que decide desarrollarse a través de la construcción de riesgos, pero la misma que en buena hora comienza a despertar en estas materias.
Que viva Isla Orrego, la memoria y las juventudes.

 

José Páez
Director Ejecutivo Fundación Ayla